Prólogo - Stoick Rising

Prólogo - Stoick Rising

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Prólogo

El mundo no espera a nadie.

Felix McIlrath caminaba por las avenidas de Asunción como si fuera invisible, como si la ciudad entera lo hubiera olvidado. La gente pasaba a su lado, absorta en sus pantallas, en sus prisas, en su necesidad de acumular algo que nadie podía nombrar con claridad. Él observaba, sin esperanza ni sorpresa: todo parecía girar en torno al dinero, al placer inmediato, al poder de unos pocos. Todo parecía vacío.

A sus 24 años, la vida le había enseñado a desconfiar: de las personas, de sus propias emociones y, sobre todo, de las promesas de sentido que el mundo ofrecía. Criado en una familia católica, había aprendido sobre Dios, la fe y los valores, pero nunca había sentido que perteneciera a ese orden. Su leve parálisis cerebral le recordaba constantemente que no todos caminamos por el mismo camino, ni con las mismas herramientas. Algunas cargas se sienten demasiado pesadas para compartirlas, y otras parecen inventadas por la crueldad del destino.

El pasado lo perseguía. Recuerdos de humillaciones, acosos y decisiones que lo habían marcado lo asfixiaban. Cada error, cada acto inmoral que alguna vez cometió, se le aparecía como un fantasma que le susurraba que no merecía confianza, cariño o siquiera comprensión. Y aun así, la vida seguía, sin detenerse a preguntarle si estaba listo.

Pero había algo distinto en estos días. Un vacío mayor que lo acompañaba, que lo obligaba a preguntarse por primera vez si todo eso tenía sentido: ¿valía la pena vivir en un mundo que parecía condenado a repetir sus errores? ¿Qué lugar tenía alguien como él en esta sociedad que había olvidado la moral, la historia y la humanidad?

Las sombras del mundo no eran solo metáforas. Existían fuerzas que se alimentaban de la corrupción, la codicia y el egoísmo humano, siervos de un mal que parecía mirar con atención cada acto de violencia, indiferencia o injusticia. Cada día, en cada esquina, se sentía más cerca de él, desafiando su ética, su paciencia y su voluntad de seguir adelante.

Felix no tenía respuestas. Solo preguntas. Y en medio de esa incertidumbre, de ese cansancio y esa rabia contenida, algo dentro de él comenzaba a despertar: un impulso a mirar la vida con otros ojos, a desafiar lo que creía imposible y a enfrentar aquello que la mayoría prefería ignorar.

El mundo estaba cambiando. Y él estaba a punto de darse cuenta de que, aunque quisiera ser invisible, ya no podía seguir huyendo.

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